Galicia: una movilidad insostenible

¿Qué integración queremos para nuestras áreas metropolitanas? La pregunta es pertinente porque los únicos movimientos que vemos son desmontes y terraplenes para aumentar la capacidad de las autopistas y autovías. Más carriles de tráfico, más coches, más accesibilidad viaria. La última de estas grandes obras es el acceso directo a la autovía de Lavacolla para los vehículos que proceden del sur de Galicia, a través de la AP-9. La finalidad de la obra es evitar perder algo menos de dos minutos. Como ven ustedes, algo trascendental, que justifica expropiaciones, remover tierras y talar no sé cuántos árboles autóctonos. Y así andamos. Además, el peaje de la AP-9 va a subir casi un 4% el próximo año 2018. Moverse va camino de ser un privilegio, y no me extraña, teniendo en cuenta el abandono en el que se encuentra el transporte colectivo.

De lo único de lo que podemos presumir es de un tren rápido entre A Coruña, Santiago, Vilagarcía de Arousa, Pontevedra y Vigo. Pero nada más. Fuera de este corredor privilegiado, el abismo. No intenten ustedes conectar con ningún municipio de las áreas metropolitanas anteriores. No pretendan realizar ninguna cadena intermodal, porque todo será muy complicado. Imaginen por un momento qué tiene que hacer una persona que aterrice en el aeropuerto de Alvedro y quiera ir a Sanxenxo, utilizando solo el transporte público colectivo. Mejor no pensarlo. Seguimos sin tener un portal web actualizado con toda la información en tiempo real del transporte público colectivo. Seguimos sin tren de cercanías en ninguna de las áreas metropolitanas de Galicia. Alfonso Molina y la Avenida de Madrid no dan ya más de sí, pero a las cercanías ferroviarias no se les espera. Solo existe el asfalto y el vicio de construir más carriles. Y hacer pagar a los automovilistas peajes cada vez más abusivos.

No, no es este el modelo de movilidad que queremos. Se construyen kilómetros de carriles-bici para aumentar las estadísticas y engrosar los indicadores de sostenibilidad, cuando todos sabemos que los carribles-bici solo tienen sentido en zonas en las que no es posible la coexistencia. Además, los carriles-bici tienen que garantizar la permeabilidad con el sistema de transporte público colectivo, y deben formar itinerarios coherentes. En vez de esto, tenemos tramos desconectados entre sí, de dudosa utilidad. En el Polígono de Fontiñas, de Santiago de Compostela, hay carriles-bici que no utiliza nadie, en calles limitadas a 30 kilómetros por hora. En estas condiciones, los manuales de diseño urbano nos enseñan que pueden coexistir coches y bicicletas.

En la dictadura del coche, el espacio público es un bien escaso. Se amplían algunas aceras, y a estas actuaciones se les denomina pomposamente “calmado de tráfico”. En realidad, son pequeños parches que están muy lejos de suponer una alternativa a un modelo insostenible. Y no sirven más excusas. Tenemos muchos modelos en países y territorio de nuestro entorno que podemos aprovechar. No copiar y pegar, sino adaptar. La alarma está encendida. El cambio climático es una realidad ya. No podemos continuar yendo en coche a todas partes, perdiendo horas y horas buscando plazas de aparcamiento, congestionando más el espacio público. Urge cambiar la forma de afrontar la realidad.

La única solución posible es limitar el espacio de los automóviles en la ciudad. Siempre habrá quien proteste. Se enfadará mucha gente, desde luego. Estamos acostumbrados a que los mismos que protestan, al cabo de unos años se alegrarán y se mostrarán muy satisfechos. Asumamos que hay que hacer algo. Hagamos campañas por una movilidad sostenible. Empecemos a deconstruir el mito del automóvil, como un espacio personal, oficina móvil, refugio para escuchar la música que nos gusta a todo trapo y no mojarnos. Aprendamos de países en los que culturalmente quien emplea el coche para todo está mal visto, y es penalizado socialmente.

Llevo años investigando en movilidad y transporte y, sinceramente, no veo una voluntad de cambio. Seguimos necesitando el coche para desplazarnos. Seguimos sin un buen transporte colectivo. No hay tren de cercanías. Se eliminan paradas de los escasos trenes regionales. Seguimos con aceras estrechísimas en las ciudades. El ciclista sigue siendo considerado casi un “freak”. No hay educación vial por ningún sitio. Pensemos en todo esto. Es más urgente que nunca.

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