I amsterdam

Ya había estado, pero me convenció de nuevo. Amsterdam es una de esas ciudades que funciona, y a las que uno vuelve con mucho gusto. Esta vez conocí Amsterdam Zuid, el gran polo económico y residencial del sur de la ciudad.

La reunión a la que asistía se celebraba en la Vrije University de Amsterdam, a la que llegué andando tranquilamente desde el distrito de los teatros, en donde tenía el hotel, aunque por supuesto hay un tranvía que llega directamente desde Amsterdam Centraal.

En Amsterdam uno no deja de sorprenderse de que haya tanta gente que abrace la utopía de la bicicleta. Se hace realidad la teoría, y se convierten en práctica los modelos tantas veces pergeñados. Todo el mundo utiliza la bicicleta, independiente de cualquier variable personal que uno se pueda imaginar. Algún día nosotros podremos llegar a esto, pero este día parece muy lejano.

A la bicicleta se la discrimina positivamente. Tiene preferencia sobre casi todo lo demás. El peatón del sur de Europa, que no está acostumbrado a una ciudad bike-friendly, pasa momentos de apuro. Cuando se intenta cruzar una calle, hay que mirar bien hacia todos los lados porque en cualquier momento puede aparecer una bicicleta. Y tienen preferencia. La ciudad es para ellas. Claro que hay coches, pero menos que aquí. Los carriles bici se disponen en una red muy vasta por todo el país, y existe un respeto por el ciclista.

En el año 1973, en plena crisis del petróleo, los neederlandeses se dieron cuenta de que tendrían que cambiar su estilo de vida. Optaron por promocionar un modo de transporte que tiene grandes ventajas. Además de ser gratuito, andar en bicicleta es beneficioso tanto para la salud física como para la salud mental. Los neederlandeses sufren menos depresiones que otros países de su entorno, precisamente porque el ejercicio físico que realizan al andar en bicicleta es un poderoso antídoto contra los bajones. Tenemos que aprender mucho, y no buscar excusas: el tiempo no es bueno en Galicia, pero tampoco lo es en los Países Bajos. Es verdad que ellos no tienen cuestas y nosotros sí, pero todo es relativo. Fijémonos en cómo resuelven esto en Noruega.

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