Balkanika (2)

El día comenzó temprano, pero el madrugón no fue terrible. El taxista llegó a nuestro hotel en Skopje con antelación. Salimos de Skopje por unos barrios enteramente soviéticos, desconchados, vetustos. Al poco, dejamos atrás la ciudad y transitamos por un paisaje de polígonos industriales, descampados y demás estampas de extrarradio. Cruzamos la carretera orbital de Skopje y poco a poco nos fuimos internando en un valle cada vez más angosto. De camino hacia Kosovo las montañas de hacían presentes. La carretera serpenteaba, con la vía del tren al lado. Llegamos al fin a la frontera entre Macedonia y Kosovo. Los formalismos de la frontera duraron unos 20 minutos. Teníamos una cierta precaución porque España no reconoce a Kosovo, pero pasamos sin problemas. Nos llamó la atención el hecho de que al entrar en Kosovo no se ve ninguna bandera kosovar. Solo se ven banderas de Albania, empezando por una gran bandera albanesa con un mástil gigante en la aduana. Sueñan con la Gran Albania, seguro. Al entrar en Kosovo, un paisaje post-bélico. Mucha provisionalidad, mucha casa destrozada y mucha sensación de pobreza y abandono. Al otro lado de la frontera, lo primero que se ve es la cinta transportadora de una gran cementera, que cruza la carretera de acceso a modo de bienvenida. Mezquitas y bastante gente por la calle. Continuamos nuesteo camino en taxi hasta Kaçanic, nuestro destino. 

El taxista nos muestra las obras de la nueva autopista que se está construyendo entre Pristina y Skopje. Es una auténtica animalada que va a destrozar bosques autóctonos y que va a costar un ojo de la cara. Se repite la historia. Además, se pueden ver a día de hoy ya deslizamientos de ladera muy claramente. 

Kaçanik es un lugar deprimente, se mire como se mire. Sin embargo, esperaba que toda aquella realidad fuese más dura. 

Incluso me llamó la atención que la guerra hubiese respetado una pequeña iglesia serbia, que sobrevive milagrosamente en esta localidad. Entramos en un café y por 0,50€ (sí, el euro es la moneda local) tomamos un expresso muy bueno. La herencia otomana, sin duda. Dimos una vuelta, y de nuevo hacia Skopje. En la frontera tratamos de comprar algún souvenir típico (imanes, bolígrafos, etc) pero no fue posible. En esta parte de Kosovo no existe el concepto de souvenir. Así que pasamos la frontera de vuelta y nos dirigimos de nuevo a Skopje. Ahora no entramos en la ciudad, sino que tomamos la circunvalación y enfilamos la autopista camino de Kumanovo. El paisaje es áspero y rudo, como la vida balcánica misma. Antes de llegar a las montañas que separan Macedonia de Bulgaria, el taxista nos llevó a comer a un “resort” de primeras comuniones y bodas, que consistía en un montón de comedores independientes, dispuestos alrededor de un gran lago central. Tras la comida, comenzó la subida a las montañas. Pasamos Kriva Palanka, que recuerda vagamente a Éibar. En todo este sector del noreste macedonio es habitual ver casas a medio terminar, con ladrillo a la vista. Continuamos subiendo por las montañas por una carretera cada vez más “comarcal”, hasta que al fin llegamos a la frontera. Había comenzado a nevar unos kilómetros antes de alcanzarla. Tras una media hora en la frontera, entramos de nuevo en la Unión Europea. 

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