Olga Scheps en el Auditorio de Galicia

Acabo de llegar del Auditorio de Galicia. Concierto de Olga Scheps. Piano solo. Ya impresiona llegar al auditorio y ver la sala medio vacía, con el gran piano como único protagonista. La sobriedad del instrumento rey, como es llamado. Olga Scheps es rusa, y estudió con Alfred Brendel. Por lo que leí en el programa de mano, sus padres son también pianistas, y la familia marchó a Alemania cuando la niña tenía unos años. En el auditorio, lo de siempre. Mucho abrigo de piel y una media de edad muy avanzada. Nada nuevo. Como estamos a cero grados en estos días de enero, llegué y aparqué lo más cerca posible de la puerta. Entré y busqué mi lugar. El concierto comenzó. En primer lugar, Chopin. La Fantasía op. 49. Todo un clásico, que me reconfortó escuchar de nuevo después de tantos años. No debo olvidar que empecé a escuchar música clásica gracias a Chopin y a Mozart. Pero hoy en día -seamos sinceros- Chopin me dice muy poco. Reconozco que suena bien y que es la encarnación de lo que debe ser el piano romántico para muchísima gente. Sin embargo, hay algo hueco en Chopin que no acaba de encajar. Lo que es verdaderamente prodigioso de Chopin son los estudios. El resto yo diría que no está terminado; no es música final. Después de la Fantasía vino la primera balada. Música impactante, esta vez sí, pero igualmente empalagosa. Me muevo entre impresiones contradictorias. Me gusta Chopin y le reconozco mérito, pero lo veo demasiado estático, etéreo, poco realista. No voy a seguir por esta línea. Me centraré en Satie. Olga Scheps ofreció las tres gymnopédies. Obras de repertorio, delicadas, aptas para que varias personas detrás de mí cuchicheasen al momento justo de terminar: “qué bonito”. Música silenciosa e intimista, que probablemente no luzca en una sala de conciertos. Es música para tocar en una sala en la que como máximo haya dos personas. Después Scheps ofreció una sarabande, también de Satie. Cuatro obras seguidas de Satie tuvieron que conducir indefectiblemente al descanso. La segunda parte fue otra historia. Sólo Prokofiev. El ruso y su atormentado y obsesivo mundo. La sonata número 2 concentró toda mi atención. Es increíble cómo Prokofiev es profundo, superficial, burlesco y lírico a la vez, además de virtuoso. La riqueza de matices y los cambios de ritmo mantienen al oyente en tensión en todo momento. Profokiev refleja un momento histórico desgarrador, y lo hace en la sonata número 2, pero sobre todo en la sonata número 7. He escuchado un montón de veces esta “sonata de guerra”, pero cada vez es diferente. Olga Scheps martilleaba el obstinato del “precipitato” una y otra vez, con una nitidez envidiable. Su fraseo fue rico y mantuvo el pulso todo el tiempo, sin pasarse por exceso ni por defecto. Por momentos esta música me hace recordar a varios rusos más: Mussorgsky, Rachmaninov y Shostakovich. El desgarro de Prokofiev enlaza con la vida trágica de Dmitri Shostakovich. Shostakovich y Prokofiev comparten el tono irónico, desafiante, descarado, de sus músicas. Ambos son amigos de desvaríos tipo cadenzas, con multitud de notas rápidas que crean una sensación de borrachera auditiva en el oyente. Y lo consiguen. Hay como un vértigo, una alucinación en esta música, que por momentos se vuelve reflexiva y lírica, para al momento ser bélica, agresiva, obstinada, obsesiva hasta la náusea.

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