A meu pai, Coque, in memoriam

Todos somos camaradas errantes. La vida es un camino hacia ningún lugar. Mejor dicho, hacia un no-lugar, que es la muerte. Mi padre falleció el día de Nochebuena, probablemente el peor día del año para irse. Cualquer día es malo para despedirse de este mundo cruel, pero nunca olvidaré la salida del tanatorio el 24 de diciembre de 2014, a las 23 horas, cruzando la ciudad desierta. Mi madre, mi hermano, mi cuñada y yo íbamos en el coche, y no había nadie en la calle. No personas, no coches. Nada. Como “Des pas sur la neige”, el preludio para piano de Claude Debussy. El vacío por la pérdida del ser querido y el vacío de las calles. Me recordaba la escena inicial de “Abre los ojos”, de Amenábar, cuando Pelayo se encuentra en la Gran Vía madrileña completamente solo. Pelayo miraba hacia todas partes, desconcertado, como si hubiese caído una bomba atómica. Pues eso. Esa misma sensación tenía yo. Siempre me había parecido que los velatorios eran un trámite innecesario, que lo único que conseguían era multiplicar el dolor de la familia en estas situaciones. Sin embargo, tengo que decir que he cambiado mi forma de ver esto. En esos momentos tan tristes, resultó muy reconfortante ver a tantos amigos y familiares que querían a mi padre. La tradición no siempre se lleva bien con el sentido común, pero en este caso sí. Comprendo que haya velatorios. Comprendo que haya un espacio y un tiempo para que la familia pueda recibir el cariño de los amigos. Ahora comprendo más cosas. Confirmo lo absurdo (desde mi humilde punto de vista, claro) de la filosofía que subyace a la Religión en casos como este (y en muchos más). Con toda la familia reunida, a punto de incinerar a mi padre, el cura va y dice que hay que dar gracias a Dios por llevarse a mi padre a vivir a su casa, en donde sentirá el calor del hogar. Vaya disparate, y qué mal gusto. Mi hermano y yo no queríamos que hubiese misa, y mi padre tampoco, pero al final hubo misa. Qué mas da… En la vida hay que ser flexible. Mi padre siempre lo decía. Espero que al menos en la Casa del Señor haya Imagenio para que mi padre pueda ver los partidos del Depor. Hay que tomárselo a broma, porque si no es peor. El humor. Es lo único que puede redimirnos en estos momentos. El humor y el amor, claro. No sirve de nada encerrarse en uno mismo. Es el momento de salir, de reconocer que el hombre (y la mujer) es un ser social. Casi todas nuestras vivencias son sociales. Muy pocas cosas tienen sentido si las vivimos en solitario. Los éxitos y los fracasos deben ser compartidos. Todos necesitamos de todos. Como mi padre falleció el día de Nochebuena, no pudimos poner esquela en el periódico. El 25 de diciembre no sale el periódico en papel de toda la vida. Tuvimos que recurrir al clásico “telefonazo” y a las redes sociales. Al principio nos daba un “no se qué” poner una esquela en el Facebook, pero enseguida comprendimos que era lo que había que hacer. Muchísima gente se enteró de la muerte de mi padre a través del Facebook, y esta red social se convirtió en un auténtico “libro de firmas” online. Más de 200 personas escribieron comentarios y mostraron su condolencia y apoyo a nuestra familia. Querían mucho a mi padre, porque era un auténtico “crack”. En lo profesional y en lo personal. Era una persona íntegra, coherente y muy sensible. Sabía transmitir auténtico entusiasmo por su trabajo y por la docencia en general. Mi padre era como el “Querido Profesor” de las películas de Parchís (creo que se llamaba Don Matías). Hubo muchísimos alumnos suyos de Laracha y de otros lugares que nos escribieron y nos confesaron que para ellos había sido un referente. También lo hicieron compañeros suyos, profesores de Laracha, de Coruña, de otras partes del Estado. Mi padre tanía amigos en Villarrobledo, Barcelona, Canarias y en un montón de lugares. Pero amigos de verdad, que se emocionaron tanto que no podían seguir hablando por teléfono cuando se enteraron de la noticia. Mi padre les llamaba siempre “hermano”. “¿Cómo estás, hermano?”, “¿Qué tal, hermano?”. Era como la hermandad de los del Bronx o de Harlem, una especia de cofradía de gente unida por un sentimiento común. A mi hermano y a mí también nos llamaba “hermano”. Una palabra muy profunda porque implica compartir todo. Mi madre Pili estuvo con él hasta el final. Fueron más de dos años de sufrimiento psicológico y físico. No creo que haya una enfermera amateur mejor que ella. Lo cuidó con mimo y esmero en todo momento. Nosotros tratamos de estar con él todo lo que pudimos, y darle todo el ánimo del mundo. Yo sollo lloré delante de él una vez. El resto del tiempo teníamos conversaciones tranquilas, llenas de humor, relajadas, en las que se hablaba de lo divino y lo humano. Él era totalmente consciente de que estaba en una cuenta atrás, y nunca lo escondió ni se engañó a sí mismo. Siempre fue valiente y peleón. En los últimos tiempos había intensificado el contacto con sus amigos y familiares de Larín y Paiosaco. Con su amigo de la infancia Caeto publicó un libro-catálogo de fotografías antiguas de Paiosaco que hizo las delicias de todo el mundo. Todavía vivía su madre, mi abuela Jesusa, aunque ya no su padre, Ricardo. En Peiro de Abaixo, donde vivía (lugar natal de mi madre) se integró muy fácilmente y era muy apreciado por sus amigos de O Canteiro y la taberna de Luis. Uno de los momentos más emocionantes de la enfermedad fue cuando recogió en 2013 en Palma de Mallorca el Premio Gonzalo Sánchez Vázquez, que le concedieron sus colegas y compañeros profesores de Matemáticas de todo el Estado. El vídeo está en Youtube. Pronunció un discurso absolutamente personal, un monólogo en el que contaba su trayectoria vital y su relación con las Matemáticas. Os puedo asegurar que le emocionó muchísimo recibir este premio y estaba muy orgulloso de él. Agapema era su segunda familia. Todos sus compañeros de Agapema eran también sus amigos. Siempre estaba pendiente de ellos y ellos de él. Nosotros conocemos a casi todos sus compañeros y compañeros y sabemos cuánto cariño hay latente. Aprendí muchísimas cosas de él. Con mis padres fuimos de camping en la España de los 80. Aún no existía la Autovía del Noroeste (ni se la esperaba), y cruzar Pedrafita llevaba dos horas si te encontrabas con muchos camiones. Todos los veranos cruzábamos la Península en dos jornadas, con el Simca 1.200 amarillo limón primero y el Opel Kadett después. Solíamos hacer noche en Burgos o alrededores. Varios años dormíamos en Villafranca Montes de Oca, un lugar del que nos acordamos con cariño. El Mediterráneo lo conocimos al dedillo, siempre de camping. Desde Cadaqués a La Manga del Mar Menor, con mención especial para Jávea (Xàbia), Moraira, Palamós y Peñíscola. Yo me hice geógrafo viajando con mis padres de camping por la Península. Me acuerdo que íbamos en el coche cantando todos los rótulos verdes provinciales: Lugo, León, Palencia, etc. Y también jugábamos a ver quién era el primero que veía los muñecos de Michelin. Esta etapa del turismo campista siempre estará en nuestra memoria. En los últimos meses, Coque no podía salir de casa, y dedicaba las horas del día a escanear la enorme colección de fotos de aquellos maravillosos años. Eran los años de “Verano Azul”, de Parchís y de La Bola de Cristal. Mi padre escaneó un montón de fotos de aquella época, porque para él era muy importante. En la España que aún no pertenecía a la Unión Europea, viajar era un privilegio. Y viajar fue fundamental en mi formación como persona y profesional. Los recuerdos se multiplican. La tristeza por la pérdida coexiste con un sentimiento muy fuerte de gratitud y de agradecimiento a una persona que nos enseñó a apreciar la vida, el trabajo bien hecho y a pensar sin prejuicios. Ante todo, Coque era un librepensador y un heterodoxo. La calculadora en el aula, siempre.

Descansa en paz, Coque. Descansa en paz, Papá.

Mondoñedo, 28 de diciembre de 2014 ​

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